‘Así en la tierra como en el cielo’

Pisando callos Miércoles,  17  de Diciembre, 2014

A John Locke (1632- 1704) se le tiene por “Padre del Liberalismo Clásico” y lo es, pero no es el único. Muchos otros tratadistas anteriores y posteriores desarrollaron tanto la institución legal como la teoría jurídica y política del “Gobierno Limitado” por la Constitución. Así en Inglaterra Henry de Bracton (1210-1268) mucho antes de Locke y luego William Blackstone (1723-1780); y en América Thomas Jefferson (1743-1826), tercer presidente de EEUU, y los Padres de la Revolución de 1776. ¿Y qué significa eso de “Gobierno Limitado”? Pues “limitado por la ley”. ¿Y de dónde viene el concepto? De una referencia común a todos estos autores: la Biblia, que fue la gran escuela de Ciencia Política de Occidente.

Hasta hoy en día, a todo abogado que emprende el estudio de la Biblia de modo sistemático, a partir de Génesis, le llama la atención la gran cantidad de normas, principios y procedimientos legales en los cinco primeros libros, en hebreo la “Torah” o Ley. El quinto, Deuteronomio, prescribe un modelo de “Gobierno mínimo” o limitado, solo para aplicar las leyes que garantizan los tres derechos humanos de verdad: a la vida, propiedad y libertad, ejercido por los “jueces”, funcionarios con facultades judiciales y también “constabularias”, lo que hoy llamamos “poder de policía”.

El Prof. George Anastaplo, piloto de bombarderos B-17 y B-29 en sus años juveniles de la II Guerra Mundial, fue conocido en EEUU como “El Sócrates de Chicago”, por sus ancestros griegos, su sabiduría polifacética y un problemita que tuvo en los ’50 cuando se negó a informar a las autoridades sobre sus amistades en el Partido Comunista. Anastaplo (fallecido en marzo de este 2014, a sus 88 años) explicaba a sus estudiantes que la Biblia prácticamente se abre con un proceso penal: el de Eva, Adán y la serpiente.

Y en este caso están expuestas todas las categorías jurídicas fundamentales: ley o estatuto, trasgresión de la norma, acusados, excusa y culpa ventiladas en un “debido proceso”, con alegaciones en ejercicio del derecho a la defensa; luego el Juez dicta sentencia y se aplica la pena prevista. Y allí quedó el acta.

La Biblia es en parte un libro legal. Los malos juristas no lo saben; pero los buenos reconocen una serie completa de disposiciones en todas las ramas del Derecho: matrimonio, familia y sucesiones; obligaciones y contratos: Derecho notarial y registral, asuntos tributarios y fiscales, de inmuebles, también Derecho Penal y Procesal, Derecho Constitucional y del Estado y Filosofía del Derecho. Asombra la “modernidad” de ciertas cláusulas y principios implicados en las leyes sustantivas y en las adjetivas o procesales. Un caso es el Gobierno “de los Jueces”. En ese contexto se lee por ejemplo el Salmo más largo, el 119, con 176 versículos, cantando las excelencias de la Ley de Dios, compuesto probablemente por David cuando lideraba la oposición al rey Saúl.

¿Cómo fue posible en tiempos de Moisés, unos 1.200 años antes de Cristo? Moisés no se copió de los grandes juristas y constitucionalistas; obvio: fue al revés. La Biblia es la madre de las instituciones jurídicas y políticas liberales. La Historia del Derecho no se estudia en las Facultades ahora; y es una pena, porque desde la Edad Media en adelante y hasta hace apenas unos 150 años, en los grandes centros universitarios del mundo se estudiaron con atención las reglas legales y políticas de la Biblia. En especial en las Universidades inglesas de Oxford y Cambridge, de París y Boloña en el continente europeo, y de Harvard, Yale y Princeton en EEUU. Esas fueron las cunas académicas del Gobierno limitado, puesto en práctica por el Parlamento británico desde los días del Rey Juan Sin Tierra y la Carta Magna de 1215 y del Conde Simón V de Montfort y las Provisiones de Oxford de 1258; y por todos los partidos liberales clásicos y conservadores en los países del “Commonwealth” británico, incluso EEUU.

Los cristianos de hoy creen que eso de los Jueces del Antiguo Testamento era solo para aquel pueblo israelita. Pero por siglos en Occidente, quienes investigaron concienzudamente los evangelios y demás documentos del Nuevo Testamento, no encontraron texto o pasaje alguno para negar, contradecir o refutar la doctrina política de la Biblia, la que es, como siempre se supo: ¡Gobierno limitado!

Al contrario. Por ejemplo en los Evangelios de Mateo (6:9-13) y Lucas (11:1-4) Jesús enseña el modelo de oración cristiana. Dice el “Padre Nuestro” así: “Venga a nosotros tu Reino: que se haga Tu Voluntad, así en la tierra como en el Cielo”. Y por siglos se pensó correctamente que Gobierno limitado, o sea lo contrario al absolutismo y al despotismo, era precisamente “la Voluntad del Padre”. Que ese era un Consejo de Dios a las Naciones, dado por vez primera al pueblo de Israel mediante Moisés, pero de pleno valor normativo y obligante en los países gentiles, como Inglaterra, y hasta España en la Edad Media. Así se leyó aquello de “Buscad primero el Reino de Dios y su perfecta justicia”, en Mateo 6:33.

Y en Deuteronomio 28:14 en adelante se leyeron una serie de sanciones penales contra la desobediencia, establecidas por el Creador del Universo: hambre, pobreza, desintegración familiar, ignorancia masiva, servidumbre y esclavitud. O sea: las plagas que padecen hoy en día los países occidentales que dieron la espalda a la Ley de Dios, y los subdesarrollados como los nuestros, que jamás la conocieron. Hoy día los católicos no lo saben, menos los evangélicos; y por eso de a millones votan y apoyan a los pequeños y grandes partidos estatistas, casi todos socialistas y algunos de derechas pero igualmente estatistas: antiliberales, totalitarios y populistas.

Termino con una pregunta que me hago siempre: ¿qué pasaría en América Latina si les predicamos la política de Dios a todos los cristianos, les exhortamos a cambiar de bando y de repente lo hicieran?